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¿Cómo saber si la meditación está funcionando?
No siempre sales de una meditación sintiéndote en paz. Muchas veces las señales más interesantes aparecen después, en situaciones normales del día: te das cuenta antes de que te has distraído, notas una tensión que antes pasaba desapercibida o reaccionas con un poco menos de impulso.
Una de las dudas más normales cuando empiezas a meditar es esta: ¿cómo sé si realmente me está sirviendo?
Quizá llevas varios días practicando y sigues teniendo pensamientos. Te distraes. A veces terminas más tranquilo y otras veces no notas absolutamente nada.
Eso puede hacer que parezca que estás haciendo algo mal.
Pero la meditación no funciona como un interruptor. No siempre ocurre algo especial durante la práctica y tampoco necesitas alcanzar un estado concreto para que tenga sentido.
Muchas de las señales aparecen fuera de la meditación. En pequeños momentos del día que antes pasaban desapercibidos.
No necesitas dejar la mente en blanco
Si utilizas como medida de progreso la cantidad de pensamientos que aparecen, probablemente acabarás frustrado.
Pensar no significa que la meditación haya fallado. La práctica consiste, precisamente, en darte cuenta de lo que está ocurriendo y volver a aquello que estabas observando: la respiración, el cuerpo, un sonido o cualquier otro punto de atención.
Por eso una distracción puede convertirse en parte del entrenamiento. Primero te pierdes en un pensamiento. Después te das cuenta. Y entonces vuelves.
Ese momento de darte cuenta ya es importante.
Si este tema te genera dudas, puedes leer también ¿Cómo meditar si no puedes dejar la mente en blanco?.
1. Te das cuenta antes de que te has distraído
Al principio puedes pasar varios minutos completamente metido en una cadena de pensamientos antes de recordar que estabas meditando.
Con la práctica, quizá empiezas a detectarlo antes.
No significa que dejes de distraerte. Significa que reconoces antes que tu atención se ha ido.
Y eso no se limita a la meditación. También puede ocurrirte leyendo, trabajando, hablando con alguien o caminando por la calle.
2. Volver te cuesta un poco menos
Otra señal puede ser que dejes de convertir cada distracción en una pequeña pelea contigo mismo.
Antes aparece un pensamiento y te enfadas: «otra vez me he distraído».
Con el tiempo puede aparecer algo más sencillo: te das cuenta y vuelves.
Sin necesidad de juzgar si lo has hecho bien o mal.
Esa capacidad de regresar es una parte central de la práctica. Puedes profundizar en ella en ¿Qué hacer cuando te distraes al meditar?.
3. Notas antes la tensión del cuerpo
A veces vamos acumulando tensión durante horas sin darnos cuenta: mandíbula apretada, hombros elevados, manos rígidas, respiración corta.
Meditando practicas algo muy sencillo: prestar atención a sensaciones que normalmente ignoras.
Después puede ocurrir que, en mitad del día, notes de repente que estás tensando los hombros o conteniendo la respiración.
No significa que la tensión desaparezca para siempre. Significa que la detectas antes y tienes la oportunidad de aflojar un poco.

4. Aparece un pequeño espacio antes de reaccionar
Quizá alguien dice algo que te molesta y sigues enfadándote. La meditación no tiene por qué convertirte en una persona permanentemente tranquila.
Pero algunas veces puede aparecer un instante distinto.
Notas el enfado. Notas la aceleración del cuerpo. Y antes de contestar automáticamente hay un pequeño espacio en el que puedes elegir qué hacer.
A veces será medio segundo. A veces reaccionarás igual que siempre.
La diferencia está en empezar a reconocer lo que ocurre mientras ocurre.
5. Ves algunos pensamientos como pensamientos
Cuando estamos completamente atrapados en un pensamiento, suele parecer una descripción exacta de la realidad.
«Esto va a salir mal.»
«No voy a poder con esto.»
«Tengo que resolverlo ahora mismo.»
La práctica puede ayudarte a reconocer algo muy básico: un pensamiento es algo que está apareciendo en tu mente.
Eso no significa ignorarlo ni pensar que todo da igual. Simplemente introduces un poco de distancia entre el pensamiento y la reacción inmediata.
6. Puedes estar incómodo sin salir corriendo enseguida
No todas las meditaciones son agradables.
Puede aparecer aburrimiento, inquietud, cansancio o impaciencia. Algunas veces lo único que quieres es mirar cuánto falta para terminar.
Permanecer unos instantes con esa incomodidad, observarla y descubrir que cambia también forma parte de la práctica.
No se trata de aguantar dolor ni de obligarte a permanecer en una situación que te hace daño. Se trata de diferenciar entre una incomodidad normal y la necesidad automática de escapar de ella.
7. Empiezas a acordarte de parar durante el día
Quizá esta sea una de las señales más fáciles de reconocer.
Un día estás trabajando, esperando en una cola o sentado en el coche y, sin que nadie te lo recuerde, haces una respiración consciente.
Notas los pies apoyados en el suelo.
Sientes los hombros.
Escuchas durante unos segundos lo que tienes alrededor.
La práctica empieza a salir de esos diez o quince minutos de meditación y aparece espontáneamente en la vida diaria.
Lo que no necesitas sentir para que la meditación “funcione”
Hay algunas expectativas que pueden hacer más difícil reconocer el progreso.
- no necesitas dejar de tener pensamientos;
- no necesitas terminar siempre relajado;
- no necesitas sentir paz, felicidad o claridad mental en cada sesión;
- no necesitas permanecer completamente quieto;
- no necesitas disfrutar de todas las meditaciones.
Una sesión puede ser inquieta y seguir siendo una práctica válida.
De hecho, algunos días descubrir cómo está realmente tu mente puede resultar menos agradable que distraerte de ella.
Una forma sencilla de observar tu progreso
No hace falta puntuar cada meditación ni convertirla en otro objetivo que tengas que cumplir.
Puede ser más útil preguntarte de vez en cuando:
- ¿Me doy cuenta antes de cuándo estoy funcionando en automático?
- ¿Reconozco algo mejor lo que está ocurriendo en mi cuerpo o en mi mente?
- ¿Tengo alguna vez un pequeño margen para decidir cómo responder?
No busques cambios enormes. A menudo son pequeños y aparecen de forma irregular.
¿Y si no noto absolutamente nada?
También puede ocurrir.
Si acabas de empezar, quizá simplemente necesites más tiempo para familiarizarte con la práctica. Puedes mantener sesiones cortas y sencillas durante unas semanas antes de sacar conclusiones.
Y si meditar se convierte constantemente en una experiencia desagradable, genera mucha ansiedad o empeora cómo te sientes, no existe ninguna obligación de continuar. Puedes reducir el tiempo, cambiar el tipo de práctica o dejarla.
La meditación es una herramienta, no un examen.
No necesitas hacerlo perfecto
Te vas a distraer.
Algún día tendrás prisa.
Otro día la sesión te parecerá larguísima.
Todo eso puede formar parte de la práctica.
La pregunta no es si consigues meditar perfectamente, sino si poco a poco eres capaz de darte cuenta de lo que está ocurriendo.
Y algunas veces descubrirás que el cambio no estaba en esos minutos que pasaste sentado con los ojos cerrados.
Estaba unas horas después, justo en ese instante en que te diste cuenta.
